sábado, 20 de octubre de 2012

Rafael Alberti




Después de este desorden impuesto, de esta prisa,
de esta urgente gramática necesaria en que vivo,
vuelva a mi toda virgen la palabra precisa,
virgen el verbo exacto con el justo adjetivo.
Que cuando califique de verde al monte, al prado,
repitiéndole al cielo su azul como a la mar,
mi corazón se sienta recién inaugurado
y mi lengua el inédito asombro de crear.

                                          
 de Entre el clavel y la espada. (1939-1940). 
                              2ª, ed, Buenos Aires, Losada                

domingo, 3 de junio de 2012

reivindicaré la sabiduría del tiempo


"Hay un tiempo para cantar y otro para callar, hay un tiempo para sembrar y otro para recoger. Tal vez el maíz y las peras y las discretas patatas que cultivo sean buenos maestros de la temporalidad. Necesitan del riego oportuno y del madurar lento. La naturaleza tiene sus propios ritmos, explosivos como el florecer del hibiscus, encalmados como el granar del trigo, solemnes como el despliegue poderoso de la secuoya. Lo mismo ocurre con los asuntos humanos. Uno es el tempo de la ocurrencia y otro el de la argumentación. La consigna es breve, el razonamiento largo. La comprensión súbita, pero el aprendizaje lento. El enamoramiento fulgurante, el amor cuidadoso.
Hay que ser rápido en responder a la injusticia. Hay que ser paciente al escuchar, Hay que tener calma para decidir. La eficacia es rauda, la ternura lenta. La prisa corta por lo sano, prescinde de las formas, no se anda con contemplaciones, va derecha al grano. Pero esa óptica del apresuramiento es ciega para los valores de aparición pausada, entre los cuales se encuentran la verdad y ciertos tipos de belleza.."

José Antonio Marina

viernes, 4 de mayo de 2012

PALABRA SOBRE LOS ABISMOS


Por: Miguel Ildefonso


¿Qué nos impulsa a buscar más palabras de las que tranquilamente usamos? ¿Por qué sentimos esa necesidad de hurgar en lo inefable? ¿Por la seducción del abismo? ¿Por la sensación del vértigo que nos hace levitar? La poesía -se suele decir- nos da más preguntas que respuestas. ¿Será porque toda respuesta es estática, mientras que una pregunta es errancia, impulso, exploración? El poeta lo que quiere es motivar, inquietar, conducir hacia algo que él ha vislumbrado, pero del que no existen palabras para nombrarlo o definirlo.  Busco palabras / Que sean más que palabras / Que hablen más que de sí mismas / provocadoras como largos silencios / proferidos en la oscura mañana de los deseos nos dice Juan Soto en los primeros versos de este visionario libro de poemas. Aquello que hace el poeta va dirigido a un objetivo: a la redención. Es lo que hizo Jesucristo del género humano, por medio de su pasión y muerte. Jesucristo en la cruz, tres clavos impidiendo su caída al abismo, dando sus últimas palabras. Aquella imagen es una de las posibles interpretaciones. Redimir es rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo. El poeta nos rescata de la esclavitud de las palabras, de las convenciones y categorías de las que estamos hechos. La poesía nos libera:  

Redención de la sentencia interminable / y la sombra ensimismada / absorta / de quien ha extraviado el dolor / en los silentes pasadizos del espíritu.
Pero, aunque suene paradójico, la poesía no deja de ser palabra, y la palabra es memoria. Por la palabra somos lo que somos, y mediante la palabra nos renovamos:  

La memoria persiste / más allá de la memoria / aun sin ella misma / en el registro innominado / inmemorial / a buen recaudo / de las aviesas e inveteradas debilidades / de la especie humana.  

Es por ello que Góngora es un poeta actual, porque su poesía se renueva conforme renueva a la especie humana. Las interpretaciones actuales de “Soledades” no serán las mismas de antes; lo que se leyó entonces no será lo mismo de lo que leemos hoy en Góngora, puede que sea así, pero la memoria persiste más allá de la memoria. Nunca la poesía dejará de aspirar a que el hombre se convierta en un ser humano. El caudal que hay en la palabra es inagotable, y es como un archipiélago de espejos en el que cada época se ve reflejada. Ello es el cristal de lo divino, de la poesía trascendente. Y sobre este tema, de lo relativo o fugaz, ante lo eternal o intemporal, es de lo que trata esta metapoética desgarrada, encarnizada en la palabra de Juan Soto. Por otra parte, esta conciencia mítica e histórica de la palabra y la metáfora, como en Borges y Paz, es lo que lo hace destacable, por el riesgo de poetizar sobre la poesía misma.
Para terminar este breve comentario, solamente señalar que aquella encarnación del verbo sólo es posible mediante el acto de amor dantesco. La caída al infierno de Dante es el inicio de una oscura travesía llena de revelaciones. En palabras de Juan Soto:

Es desde la hondura / donde emerge la palabra / su sentido abisal / la mirada en carne viva / Indescifrable caos el de nuestras voces / y los crustáceos kamikaces / estrellándose contra las rocas / Irrefrenable eco

El poeta emerge desde ese caos original para rev (b) elarse en la palabra, ante el mundo. Escribir un poema es la “comedia”, es recorrer infierno, purgatorio y paraíso, es amar. Se es Dante en cada poema. Se da amor en la escritura y en la lectura de un poema. Y el amor lo vuelve a ordenar todo:  
Hay en tus labios / un sabor a cristales rotos / a grieta honda / que abisma los amores sobre rocas tenaces. 
Juan Soto, poeta que ha bebido de la metafísica de Martín Adán, nos entrega un libro que nos motiva a hurgar en nuestro propio paraíso. Lo más impresionante no es la motivación que nos imprime, sino el contagiarnos su esperanza en que aquel paraíso existe.
Apolo, noviembre del 2004

domingo, 15 de abril de 2012

Un gato en un piso vacío









Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

Wislawa Szymborska

lunes, 5 de septiembre de 2011

Nunca sabrás pronunciar tu nombre, hueco...



Paloma Palao


Nunca sabrás pronunciar tu nombre, hueco
como el vientre que perturba tus sueños.
Tu voz suena herida desde tu cuello
y no hay piedad para tu nostalgia. Vuelta
hacia ti, no eres tú misma, ni es tu pasión,
más que un feliz resultado de tu propia
codicia. La voz que te prestaban los que huían
del sueño, sirve de hueco a tu propia nostalgia.
Tu helada sombra te persigue y los vientos del desierto
traen tu última imagen. Desde donde te sueño
las sombras atraviesan tu enigma. Mi voz no sirve,
más que para recorrer el vacío. Todos urdimos
tu abandono, hasta que la luz fue más viva
que tu propia mortaja. Todos sabemos
que has existido y tu inocencia nos conmueve
en la tumba. Sin embargo a veces creemos
las lágrimas nos devolverán a los sueños.
Se abre la puerta de la desolación y el viento
nos desvela su enigma. Ya no hay principio
para tanta ecuación y los ángulos de los espejos
atraviesan la asfixia.


de "Contemplación del destierro" 1982

miércoles, 23 de marzo de 2011

El mar y la serpiente de Paula Bombara

Digo, ¿y papá?
Se fue a trabajar, dice mamá.
Miro la puerta. La bici no está.
Digo, ¿se fue en bici? Mamá mueve la cabeza. Eso es sí.

Mamá viene a mi pieza. Tiene el bolso verde.
Abre los cajones y saca ropa. ¿Vamos a lo de los abuelos?

Papá no está.

 
¡Dale, vamos!, dice mamá.
¿Y papá?
Cuando vuelva nos va a buscar a lo de los abuelos. Mamá está seria.
Apurada.
Mamá tiene los ojos con agua. Pero no llora.
Mentira.
Llora. Pero para adentro.
Mamá se ríe de mentira. Dice ¿por qué me mirás tanto?
Mamá guarda ropa y juguetes en el bolso verde.

Me pone una campera. Tengo calor.
Digo, tengo calor.
Dice, para después.
Papá no está.
Digo, ¿y papá?
Mamá dice, ya te dije. Está trabajando.

Los abuelos también lloran para adentro. Y cuando les cae agua de los ojos se van al baño.
Cuando me miran, se ríen de mentira. Yo también sé reírme de mentira.
Cuando me río, la abuela se calma. Abraza a mamá. Mamá se clama.
Me río más.
Papá no está.
Digo, ¿y papá?
La abuela llora para adentro. Ya viene, dice. Mamá está seria.
El abuelo y mamá se van a la cocina y cierran la puerta. La abuela dice,
 ¿querés jugar con la muñeca de la abuela?
Digo, sí.

Se fue el sol del patio. Mamá tiene los ojos verdes y rojos, parece una monstrua.
 Llora para adentro. El abuelo se fue en el auto.
La abuela me dio la muñeca que no se toca. Y la toqué.
Y le metí el dedo en los ojos y la abuela no me retó.
Mamá se sienta en el sillón conmigo. La miro.

Digo, ¿y papá?
Me dice, no sé.





Papá se fue en bici.

 
Papá se perdió.

Digo, ¿papá se perdió?
Mamá me mira. No habla. Le cae mucha agua de los ojos.
Digo, no llores mami. Digo, ya va a encontrarse.

Me duele la panza. Pero no lloro



Ayer y antes dormimos en la casa de unos tíos viejitos.
Todos se ríen de mentira.
Papá no está. Se perdió. Me duele la panza y arriba de la panza.

Papá no está y no me hace upa y
no me levanta por el aire y no me hace reír y no me cuenta cuentos y no me canta canciones...
[...]
Papá se perdió pero va a volver. Porque los grande saben los caminos.
[...]
Papá se perdió en bici.
Nos vamos a perder.
Digo, ¿nos vamos a perder?
Mamá dice, no.
[...]
Estoy triste porque papá no vino a la playa.

No me quiere más.
No me quiere más.

Digo, ¿papá no me quiere más?
Mamá piensa mucho rato. Me mira. Me quiere hablar.
Mamá respira fuerte y se tira en la cama. Yo estoy en la silla.
Mamá me mira otra vez y dice, vení.
Yo voy y me tiro en la cama. Mamá me abraza fuerte.
Mamá dice, papá se murió. Mamá tiembla.
Mamá dice, no lo vamos a ver más porque se murió.
Mamá dice, tu papá te quiere un montón, ahora te mira desde el cielo.

¿No lo voy a ver más?
Me duele la panza. Mucho. El agua se me escapa de los ojos y el techo se ve todo raro.

Papá se perdió. Digo, ¿cuándo vuelve?
Mamá dice, cuando te morís, el cuerpo no sirve más.
Ahora papá nos mira desde el cielo. Dice, no lo vamos a ver más pero él sí nos ve.

Miro el techo. Se mueve. Me seco el agua de los ojos. Pero sale más agua.
Estoy llena de agua.

¿No vamos a cantar más?

¿Desde el cielo?

Lloro mucho y mamá también.

[...]

La bici.

Digo, ¿y la bici?
Mamá respira fuerte otra vez. Dice, no sé.




                                         (fragmento)

martes, 15 de marzo de 2011

El primer día del invierno

El primer día del invierno
la tierra despierta ante su propia caricia helada
La nieve no tiene más opción
que caer, un repentino dejar ir
sobre los arbustos gnomos, y los árboles vacíos.
La nieve le regresa la belleza a lo desgastado y mal nutrido,
cae sobre el deseo de muerte de la naturaleza y
de manera deliberada el invierno insiste en nada menos
que una atención.
En espera toda su vida, la nieve dice, déjame cubrirte.
                                                                          Laura Lush